El punto AO (“anti-orgasmo”).

Es un punto ubicado debajo de los testículos (nada que ver con la zona anal, no te confundas: es más adelante). Unos segundos antes de acabar, conviene detener cualquier movimiento y presionar suavemente con los dedos el área. Cuando la sensación orgásmica se va, seguir con el movimiento.

Más que duro, juguetón.

Al revés de lo que piensa el macho medio, una erección completa no es tan importante para el Tantra. La penetración es clave para la reproducción, pero no para el placer. Con un poco de práctica y mucho lubricante, se puede lograr la introducción aunque el pene no esté totalmente rígido. Eso quiere decir que la relación puede durar mucho tiempo y no exige, como se diría vulgarmente, “duro, duro, duro”.

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Usa preservativo.

El preservativo ayuda al Tantra porque -con el asunto encapuchado- acabar cuesta más. Por otra parte, enfundárselo está, en las relaciones sexuales actuales, fuera de discusión, ventaja con la que no contaban los hindúes, que nada sabían del sida y sus consecuencias. Un punto más a favor de ponérselo.
Todas estas técnicas sirven si se las aplica diez segundos antes del orgasmo; siete segundos antes ya no sirven, porque hay un punto de no retorno. Cuando lo ves venir, ahí tienes que empezar a disfrutar esas contracciones orgásmicas, durante el mayor tiempo posible y en su máxima intensidad. Resistiré.
La impaciencia es enemiga de la aplicación exitosa del Tantra. Y los principiantes tienden a desanimarse si carecen de la instrucción adecuada. “Al principio te deja mal, como cualquier cosa que se hace por primera vez cuando uno está acostumbrado a algo diferente”, advierte Litvinoff. “La tercera o cuarta vez -sigue el gurú- ya no es tan terrible. El Tantra es para una aristocracia de la sensualidad, de la espiritualidad, o para la gente que tiene muchas parejas. Es un poner entre paréntesis el orgasmo en pos del placer absoluto”, se entusiasma. “Es como un ejercicio físico”, apunta Juan Pablo, 32 años. “Al principio te sientes fatal, pero si eres persistente, después de varios meses de práctica eres capaz de tener una relación larga sin terminar”.
Los textos hindúes explican que, a los 20 años, es distinto que a los 30 ó 40; en invierno es distinto que en verano y, cuando acabas de conocer a alguien, es distinto que cuando llevas con ella seis meses o tres años. Hay que evaluar, entonces, cada situación. “La primera vez que estás con alguien que te gusta de verdad, no te vas a poner a hacer el Tantra, ¿con qué sentido? Estás muy caliente, la acabas de conocer, es todo nuevo, estás nervioso...”, grafica, comprensivo, el psicólogo.
El estar donde Litvinoff da sus clases permite presenciar algunos diálogos. “Esa costumbre de ver cuantos orgasmos tuvo cada uno, para el Tantra es delirante. Si un amigo me dice que tuvo ocho orgasmos, le digo que es un tonto, que se va a morir joven, que se va a separar de su mujer”, le comenta un alumno avanzado de Tantra a su novia. “Es, ¿para tanto?”, interviene esta cronista. “Lo que me gusta del Tantra es que no es machista, al contrario: la mujer, para el hombre, es una diosa que hay que adorar y cuidar, ella también puede disfrutar del orgasmo infinito”.

Litvinoff despeja otra duda: “Cualquier religión es enemiga del Tantra porque ella apunta al crecimiento del grupo, a la fecundación y no al placer, es enemiga de la duración del sexo y de la masturbación. En el Tantra no importa la reproducción sino el placer”, aclara.

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¿Y ahora qué?

Otra cosa de la que habla el Tantra es del post-orgasmo. Ese momento en el que ellos y ellas no tienen ganas de hacer lo mismo. Satirizado hasta el cansancio, el famoso “amor después del amor”, el instante posterior al sexo, es uno de los más valorados en esta filosofía. En vez de desear que la otra persona desaparezca (cuando no hay interés) o que se calle (cuando comienza a plantear preguntas inoportunas), el amante tántrico tiene las pilas más puestas que nunca, se llena de energía, quiere reírse, gritar... “El orgasmo tarda tanto que, cuando llega, es más intenso; hay más contracciones y son muy fuertes. No existe el ‘chau, tomátelas’. Miras a tu pareja y no puedes creer todo lo que sentiste”, dice Maria no, 28 años.
Y, contra cualquier prejuicio, ninguno de los que practican Tantra son viejos, ni impotentes, ni pervertidos... El psicólogo, que los conoce mejor que nadie, se queda con la última palabra: “Ellos buscan hacer de su sexualidad algo más refinado e interesante, con más poder que cualquier droga y, obvio, con mejores resultados”.

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